
Estoy tumbada en mi cama, como todas las noches de insomnio, pero no sé por qué estoy desnuda. Entonces me giro y te encuentro acurrucado en un lateral del colchón. No recuerdo haberte dejado ahí al acostarme, tampoco me preocupa mucho. Sólo importa que eres tú bajo mis sábanas, en la misma cama y desnudos. Sin esperar te beso. Te beso con la misma ternura y el mismo miedo que un primer beso. Estás prohibido para mí, estoy prohibida para ti y por eso nos resulta todo más deseado. Porque es en la prohibición donde encontramos la excitación y la excitación nos resulta prohibida. Nos abalanzamos como dos fieras cazando a su presa, nos devoramos y nos saboreamos. Noto una inyección de adrenalina corriendo por mis venas mientras miro tus ojos y me muerdo el labio inferior. Las ganas van a más y ya no podemos parar, nuestros cuerpos se unen perdiendo el control. Entonces me pregunto por qué estando dentro de mí te noto tan distante, por qué araño tu espalda y no siento tu sudor. En ese momento todo se para, me besas y te marchas. Ahora viene cuando suena el despertador.

Te suelo mentir, es cierto, pero es que sé de sobra que me quedaría toda la vida enredada en las sábanas de tu cama con la única razón de que seas lo primero que vea al despertarme. Ten en cuenta que a mí esto me aterra, que son sentimientos demasiado grandes para un cuerpo tan pequeño y a veces se me escapan por la boca, por eso te miento. No me culpes a mí, en el fondo lo hago por salvar lo que nos queda de emoción y de ti. El día que me desnude te confesaré que en fondo me he dejado el alma y mi mal genio para que no salieras corriendo, que locas enamoradas las tienes a patadas y a mí eso como que no me va mucho. Si realmente me quieres desnuda no me quites la ropa, atrévete a meterte en mí interior por encima del plano físico, ten cojones a saber desnudarme en un plano emocional.



