Es indudable que lo que más excita las apetencias literarias del lector es saber que el autor ha sido encarcelado por sobreexcitar la libinosidad de millones de compatriotas. Groucho Marx.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Aquella luz del faro.

Cada tarde volvíamos al mismo faro a intentar recuperar la luz que había en ti, en mí y en aquella fotografía. Volvimos cada tarde durante casi un año pero... aquella luz no volvió. Tampoco lo hizo una que se le aproximase. Quizá esa luz nunca lució o quizá ese día no existió, sólo fue un efecto de un carrete mal revelado. Ese carrete escondido en la guantera con todo lo que sí existe. Paraste el motor, se oía la radio de fondo y nos dormimos. Soñé que tocabas el piano en mi funeral, aunque no estábamos en mi ciudad ni estaba mi familia, ni siquiera amigos, pero eran tus manos en mi piano frente a mí, muerta. Me desperté y caminé hacía el faro. Te despertaste y me acariciaste una pierna, pero en el asiento del copiloto no había nadie, sólo la tapicería ya algo vieja. Saliste del coche y mirabas como mi pelo se movía con el aire o como las ideas pueden verse cuando vuelan cerca del mar. Y luego, como anticipo y sin previo aviso, aquella luz.

4 comentarios:

Shadow dijo...

me encanta la manera tan especial que tienes de redactar,me encanta porder trasladarme dentro de ese coche y casi sentir el olor a tapicería vieja...

las luces pueden apagarse,pero siempre queda el recuerdo del espectáculo.

Un tipo dijo...

Obviamente si IGNORABAS que lo SUPIESES todo, no lo sabes todo, ¿no te parece?

En Madrid... no hay faros.

Ál dijo...

Seguro? Miratelo bien, yo veo un faro enorme en esta chica y sus historias...

Un tipo dijo...

Para que haya faros tiene que haber mar, y a no ser que sea Anfítrite, creo que sí, estoy seguro.